La representación sistémica y los niveles de explicación

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Autor: Oscar Rodríguez Cerda

Fecha de Publicación 22 de Agosto de 2009

De cómo una teoría deviene en un ‘sistema cerrado de creencias’

Cuenta Murray Bowen (1998) que por la época en la cual comenzaron a observar familias completas en lugar de individuos aislados, no solo él sino otros terapeutas comenzaron a registrar hechos no vistos, a establecer relaciones y conjeturas sobre problemáticas asociadas con la familia. Fue como recibir en el rostro el viento fresco derivado del movimiento de las relaciones familiares, prácticamente la mayoría de quienes observaban familias comenzaron a proponer técnicas de intervención terapéutica ahora focalizadas en el grupo. Paradójicamente en esos tiempos de renovación y descubrimiento era cosa común recurrir a la ‘vieja teoría’ utilizada para producir explicaciones del nivel intra-individual.

Bowen sentía que el investigar familias completas debiera haber concitado a los terapeutas a la búsqueda de nuevos desarrollos teóricos pero no sucedió así. Suponía que la recurrencia a la teoría ‘de viejo cuño’ para dar cuenta de hechos nuevos se debía explicar por dos causas: en primer término el efecto de un proceso de conversión, es decir, la mudanza de la teoría en un sistema cerrado de creencias, un sistema impermeable al intercambio de ideas, volcado hacia sí mismo y por lo tanto insensible a las críticas exteriores; en segundo lugar, una especie de inconciencia de los profesionales sobre los límites y alcances de una teoría. Dice Bowen:

“ (…) A medida que pasa el tiempo y aumenta la tensión dentro de un sistema cerrado, las personas que forman parte de ese sistema comienzan a estar en desacuerdo entre sí, a dividirse, a separarse y formar distintas sectas, corrientes y escuelas de pensamiento (…) Centrarse en las diferencias es un proceso cerrado en el que los profesionales pierden contacto con el marco teórico más amplio, las afirmaciones más básicas llegan a ser vistas como verdades y hechos demostrados, el modo de pensar pasa de la teoría al dogma y los profesionales no son ya capaces de debatir las aserciones básicas ni de fijarse en hechos nuevos que no concuerden con su sistema de convicciones (…)” pag. 177 op.cit.

El optimismo de Bowen se topa de frente con los prejuicios de los noveles observadores de familias, supone que son atrapados por ‘la ceguera teórica’ (p.179), es decir, el pensar con dogma, el tener la incapacidad de registrar hechos discordantes con las creencias que se tienen o de padecer el desdén de la reflexión sobre el modo de funcionamiento teórico. Hubo quienes sólo veían la confirmación de la vieja teoría, antes aplicada al individuo ahora sencillamente haciéndola extensiva a la familia. Ocurriendo las cosas de esa manera Bowen avizoraba un riesgo de consecuencias catastróficas: el reduccionismo paulatino de la intervención terapéutica a un procedimiento empírico, cada vez más huérfano de teoría.

Quizá valga la pena hacer aquí una analogía trayendo a colación el principio de relatividad de Einstein, porque hay una lógica coincidente en la manera de pensar en la naturaleza de un problema. Dice que la relatividad es una forma de observación y lo ejemplifica con una persona que viaja en tren, a velocidad constante, y asoma por una ventana para dejar caer una piedra sin arrojarla ¿cuál es la trayectoria de dicho cuerpo? –pregunta Einstein- si quien observa tiene sus coordenadas de observación en el mismo tren verá que el cuerpo cae trazando una recta, pero si el observador tiene su sistema de referencias en el suelo del andén verá que el cuerpo cae trazando una parábola ¿se trata de dos movimientos independientes? - pregunta Einstein - No, dice, sólo se trata de sistemas de referencia diferentes. (ver González de Alba, 2002, p.50). Análogamente podemos preguntar: ¿El individuo y la familia son sistemas independientes? Al establecer como centro de explicación al individuo se produjeron explicaciones del nivel intraindividual; ¿las explicaciones ahora centradas en la familia debían corresponder al mismo nivel? ¿debieran tener otro? Poco a poco Bowen reconocería diferentes niveles complementarios en la explicación de las relaciones familiares, como se verá adelante, él y otros teóricos, debían trascender el nivel de la explicación individual centrada en ‘la etiología de la enfermedad’ para puntualizar la diferencia entre los niveles y no su independencia.

Un sistema de creencias abierto ¿todo se vale?

Como hemos podido ver la evolución teórica de Bowen no tiene un carácter acumulativo o secuencial, como podría decirse desde otro punto de vista, al parecer él tenía claro que el cambio de un sistema de referencia tiene que producir, necesariamente, teoría nueva. Para él un salto de un nivel de explicación a otro no lleva a la nulidad del precedente, es decir no hay exclusión, pero ¿cómo son estos niveles de explicación relativos unos a otros? La respuesta a esta pregunta tal vez se halla contenida en su concepto de ‘diferenciación’ el cual relacionaba con la noción de ‘continuum’.

Cabe aquí hacer otra analogía ahora con los espectros de la luz en el ámbito de las investigaciones en física, en alguna época el estudio de la relación entre la radiación de un cuerpo y la temperatura condujo a los investigadores a observar el comportamiento de las ondas de luz, al cruzar dos haces de luz se producía el fenómeno de ‘interferencia de ondas’ que podrían ser fácilmente visibles en una pantalla a través de líneas brillantes y obscuras, el grueso de las líneas indicaba – por ejemplo - que hacia el color rojo las ondas de luz son más amplias y hacia el color violeta se comprimen (ver, González de Alba, op.cit.p. 29-31). Mediante estos espectros de luz reflejados en una pantalla podía analizarse el comportamiento de la longitud de onda, en un extremo del continuum de la luz se ubican los colores con una longitud de onda mayor y hacia el otro extremo los colores con una longitud de onda menor. Esta es la idea: la variación se registra y, metafóricamente hablando, hay un recorrido que va “de la mayor longitud de onda hacia la menor longitud de onda”, es decir, expresada en colores la variabilidad va del rojo al violeta.

Una lógica parecida es la que Bowen pone en juego, el fenómeno de la diferenciación concerniente a las irrupciones de ansiedad y su contención por el pensamiento puede registrarse por un continuum, la variabilidad corre –simbólicamente- de la menor hacia la mayor diferenciación, es esta una capacidad de cualquier persona y grupo, todos cuentan con una idea concisa de cual es el estado de la diferenciación que logran entre las funciones emocionales y las cognitivas. Esta explicación no es una escala, como tampoco lo es el espectro de luz, sólo son maneras de manifestarse un determinado fenómeno.

La naturaleza de la luz es dual, es decir, es una onda pero también es una partícula. Los físicos han descubierto también que la materia es dual, esto es, está conformada de ondas y de partículas, aunque ello parece una contradicción no lo es por que según el principio de incertidumbre uno u otro modo de existir son complementarios. En la teoría de la diferenciación de Bowen hay razonamientos semejantes, insistimos no porque se asuma que la realidad así es, sino porque es una forma de pensamiento que es aplicable al análisis de la naturaleza de un problema, véase por ejemplo en un inicio las observaciones sobre la naturaleza de la esquizofrenia tenían como centro de la investigación al individuo –el nivel de explicación intraindividual. En otro momento la enfermedad se investiga en el campo de la familia a la vez que se establecen nuevos principios, como el de la irreductibilidad del sistema a cualquiera de sus partes –el nivel individual, el interindividual o el grupo. Hay entonces un replanteamiento de los objetivos de la investigación: ¿la naturaleza de la enfermedad se relaciona con el individuo o con la familia?

Cuando los observadores registran la existencia de relaciones de interacción analizadas tanto en una familia con un enfermo esquizofrénico como en una familia normal, descubren hechos que no eran específicos de la enfermedad sino de las dinámicas de las familias, ello les condujo a separar una cosa de otra, es decir, a identificar escrupulosamente la etiología de la enfermedad y analizar más allá de este límite las interacciones familiares. Cabe entonces la posibilidad de suponer la hipótesis dual junto con la categoría de complementariedad, es decir las explicaciones centradas en el individuo pueden ser complementarias de las que tienen como centro a la familia, es decir, se trata de sistemas de referencia diferentes pero no independientes o excluyentes.

La tentación de nombrar como independientes a los niveles de explicación se podía justificar invocando el ‘eclecticismo’, aunque de hecho trabajar propiamente aquello que es específico de la enfermedad y distinguirlo de las interacciones en las familias nada tiene que ver con autodeclararse ‘ecléctico’. En efecto - dice Bowen - quienes apelan al eclecticismo, no han entendido aún el papel de la teoría. La evocación del pensamiento ecléctico es una manera de participar de un sistema cerrado de creencias. Tal vez en este punto haya que resaltar que ‘ecléctico’ resulta ser un eufemismo con el cual se cree legitimar una de las ‘insinuaciones posmodernas’ más especulativas: el todo se vale. Si el pensamiento ecléctico significa incomprensión del rol de la teoría, entonces el eufemismo ‘pensar con eclecticismo’ no significa que todo se vale como se puede creer en un momento dado.

La fascinación por el triángulo, el nombre no es la cosa

Nos relata Bowen que la noción de ‘relaciones familiares concertadas en forma de triángulo’ no es una ocurrencia de él sino de alguien a quien escuchó en un congreso. Sintió una especie de fascinación por esta forma de análisis de la conducta intrafamiliar. El comunicó sus impresiones a su equipo de trabajo –conformado por terapeutas de familia en entrenamiento- con el tiempo notó que quienes habían escuchado sus comentarios, estaban desempeñando mejor su trabajo con las familias que otros que no lo habían escuchado. Indagó y descubrió que los terapeutas más eficientes habían aplicado la metáfora del triángulo a la comprensión de sus propias relaciones familiares. Para Bowen el triángulo simboliza una manera natural de las personas para relacionarse, pone como ejemplo a las personas que hacen alianzas para la interacción, la díada o relación de pareja, puede convertirse en triángulo o relación entre tres personas para regular los sentimientos de ansiedad. Desde nuestro punto de vista, al plantear la conformación de constelaciones triangulares aparecen diferentes niveles de explicación, entre ellos el interindividual o el intergrupal.

La utilización de la metáfora del triángulo facilita a Bowen y su equipo reconocer que la posibilidad de explorar la conducta entre unos y otros miembros de la familia, es algo diferente a describir la etiología de una enfermedad, en esta distinción se incuba la capacidad de todos ellos para caer en la cuenta del fenómeno de la diferenciación, cuya legitimidad se suponía tan real como la de los fenómenos de la neurosis o la psicosis. La diferenciación, por ejemplo, se podía manifestar en diversos grados de intensidad tal y como también se sabía que la neurosis se presenta en diversos grados de intensidad.

Un cierto modelo relacional observado en determinadas familias esquizofrénicas fue confirmado en distintos grados de intensidad en otros grupos familiares también con un miembro esquizofrénico; por otra parte en familias normales “(…) se representaban los mismos modelos relacionales pero con distinto grado de intensidad en todas las familias (…)” (p. 191, op.cit.). Aquí había algo, el ‘proceso de diferenciación’ no se podía reducir a la etiología perfectible de una enfermedad, además emergía como un rasgo propio a las interacciones entre los miembros de las familias. Es por todo ello que se debía trascender el horizonte de la etiología (centrada en el paciente) para arribar a otro universo el de las relaciones de interacción al interior de la familia (nuevo objeto de análisis), en otras palabras crear, propiamente hablando, teoría sobre la dinámica familiar que diera pie a técnicas terapéuticas justificadas por estos desarrollos teóricos.

Uno de sus esfuerzos para abrir el camino de la nueva teoría lo vivió su equipo de investigación al solicitarles que dejaran de emplear términos como ‘paciente’, ‘enfermedad’, ‘esquizofrenia’, ‘cerco de goma’, etc., e intentaran sustituirlos con lenguaje denotativo. “Al principio resultó extraño y fuera de lugar…” - dice Bowen -

(p. 182 op. cit.) lo que hacían se oponía a la costumbre de asignar etiquetas y asumirlas como válidas sin mayor cuestionamiento, no obstante el haber hecho eso produjo un ambiente de investigación con hábitos diferentes y la capacidad para auto-liberarse de la tentación de suponer sin más que ‘el nombre es la cosa’. Nos dice Bowen en un acto de honradez intelectual:

“Uno de los descubrimientos de mi investigación sobre la esquizofrenia pasó a ser más adelante el núcleo de mi concepto de diferenciación. Es probable que se me hubiera escapado si no hubiese podido observarlo en su forma más exasperada en la esquizofrenia (…) La familia vive en un mundo dominado por los sentimientos. Para ella es difícil, cuando no imposible, tomar decisiones contrarias a sus sentimientos. Las decisiones de importancia vital se toman para aliviar la ansiedad del momento, cuando en realidad si además de ‘sentir’ pudiese pensar se daría cuenta que de esas decisiones pueden surgir complicaciones muy graves (…)” p.192, op.cit.

La representación sistémica y la ‘tentación de la certidumbre’

Para Bowen el sistema es “una forma de pensar el pensamiento” (p. 184 op.cit.) de esta consideración se sigue que la noción de sistema no es, en automático, una teoría sobre las relaciones familiares, ésa hay que crearla aparte. Según los filósofos de la ciencia el ‘pensar el pensamiento’ es un meta-análisis (análisis del análisis), es una expresión del lenguaje de segundo orden (el de primer orden se asocia con la ciencia, con la explicación de los hechos) es decir, se trata de reflexiones que no prescriben cómo hacer conocimiento, el proponer qué es conocimiento y cómo se justifica es una labor del científico (ver Losse, pags 11-14). Por eso el aplicar el adjetivo ‘sistémica’ a la terapia familiar la califica como una clase de meta-análisis, pero no indica su pertenencia a una teoría en particular, sino una forma peculiar de reflexionar en aquella. Tal vez la noción de los niveles de explicación (Doise, 1986) puede ser ilustrativa de la teoría que subyace a una modalidad de terapia familiar, se trata de una noción que proviene de la psicología social, es un punto de llegada en las investigaciones de fenómenos en donde intersectan individuos y procesos sociales. Por ejemplo, durante muchos años se creyó que una actitud es una predisposición individual hacia ‘lo favorable’ o hacia su contraparte ‘lo desfavorable’; se decía como ensayando transmitir fuerza a dicha creencia que la actitud contaba con una estructura de tres partes, la afectiva, la cognitiva y la conductual. Pero asignar una estructura aparecía como una cualidad empírica que poco o nada tenía que ver con su nivel de explicación intra-individual o las predisposiciones individuales. En otro momento comenzaron a observarse hechos interesantes, en las investigaciones sobre cooperación y competencia en el contexto de los grupos, se nota que las disposiciones individuales pasan a un lugar secundario cuando las personas actúan a favor de la cohesión grupal, y emplean formas de interacción para afrontar la competencia con los otros grupos. Los sentimientos de pertenencia grupal incentivan las actitudes a favor de la de la cooperación y con la finalidad de afrontar la competencia. De todo ello se deduce que las actitudes no pueden limitarse a fungir como meras disposiciones individuales. Los contextos de interacción inducen otro sentido que la predisposición mental individual. Los sentimientos de pertenencia de grupo inspiran en el individuo una apreciación positiva generalizada a su propio grupo muy por encima de cómo valora al grupo contrario, a este hecho se le conoce como el fenómeno del intergrupo. En estos ejemplos puede notarse cómo las actitudes de las personas no son meramente disposiciones individuales, el grupo también instiga actitudes. Con estos hallazgos las explicaciones sobre qué son las actitudes fueron paulatinamente diversificándose hacia los niveles interpersonal e intergrupal.

Por otra parte Maturana y Varela (2003) advierten del riesgo de abandonarse a la tentación de la certidumbre, es decir, con tal de lograr la sensación de vivir en un mundo de certezas, tendemos a reducir las explicaciones del mundo a nuestras experiencias y convicciones, porque ellas son aparentemente la prueba de que el mundo es como es. La premisa de ambos pensadores es que sea cual sea la visión del mundo es imposible entenderla al margen de la estructura biológica que determina qué vemos y cómo lo hacemos. Ellos ponen como ejemplo ‘el punto ciego’ asociado a una limitación en la percepción de una imagen, según nuestra experiencia visual cotidiana percibimos un espacio continuo, pero según el fenómeno del ‘punto ciego’ percibimos un espacio discreto o discontinuo. En psicología social se conoce bien cómo funciona ‘la ilusión’ que crea versiones de un mundo en equilibrio, uno de estos mecanismos de ilusión aparece en los fenómenos de percepción interpersonal (Hewstone, 1992), cualquier individuo percibe la conducta de una persona y la situación en la que se desenvuelve, pero el simple hecho de observar la conducta de otro conduce al observador a minusvalorar la situación, al extremo de ser omitida. Como si la conducta careciera de contextos. Hay investigaciones en las cuales se muestra que una situación en particular es causa de una conducta y aún así los observadores perciben responsabilidad o intencionalidad de la persona. Desde el punto de vista psicosocial la búsqueda de certeza se retroalimenta de un sesgo natural de la percepción interpersonal, en otras palabras lo que una persona percibe en la conducta del otro es inseparable de la magnitud de este sesgo.

En terapia familiar bajo la ilusión de corroborar la etiología de una enfermedad el terapeuta dice que una familia procrea a un paciente identificado ¿será esto una manifestación de esa tentación de la certidumbre? ¿Será el caso del terapeuta? ¿Lo será de la familia? Empañados por la sombra de la ‘etiología perfectible’ miraremos enfermos donde quizá no los hay, con la complacencia legitimadora de la familia. Seamos cautelosos, este enfoque no quiere decir que debamos negar la existencia de una enfermedad como la esquizofrenia, para nada, eso es otra cosa. El asunto es otro, cualquier persona trátese de un terapeuta, un pensador, un ciudadano, un científico o un poeta pueden derrumbarse a la tentación ¿es posible salir librado del influjo de cierta ideología? Identificamos dos argumentos, uno del orden de la biología y otro del orden psicosocial que nos alertan sobre las consecuencias de sucumbir a dicha tentación. Aquí es donde parece pertinente la noción nivel de explicación, una posibilidad de trascender ‘la tentación’ radica en la diversidad de los niveles explicativos.

Discusión

La terapia familiar con el adjetivo ‘sistémica’ no es reductible a técnicas de intervención. Pero observemos primero que el reduccionismo es un acto de subsunción, es decir, es hacer que una disciplina se desarrolle a la sombra de otra a la cual se considera más fuerte o estructurada. En otras palabras, que la terapia de familia funcione con criterios de validez de la teoría sistémica. En segundo lugar, agregar la representación sistémica a la terapia de familia no quiere decir que con ello se accede al conocimiento de la interacción familiar, antes bien como se puede observar con el fenómeno de la diferenciación, la noción de sistema ayuda a pensar la realidad de los procesos familiares, esto es, a crear teorías que requieren de técnicas de intervención las que a su vez se legitimarán en función de la validez teórica y no del procedimiento empírico como tal. En tal virtud la terapia familiar sistémica es una insinuación de la coexistencia de diferentes niveles de explicación sobre las interacciones familiares, aunque ocurre que por inducción del fenómeno de la certeza a menudo nos quedamos con la sensación jerárquica de un solo nivel explicativo en detrimento de otros, inhibiendo de esta manera la posibilidad de hacer surgir la teoría y la técnica que renuevan.

Bibliografía

Bowen, M. (1998) De la familia al individuo. La diferenciación del sí mismo en el sistema familiar, 1ª reimp., Paidós, España.

Doise, W., (1986) Levels of explanation in social psychology, Cambridge University Press, Cambridge.

González de Alba, Luis. (2002) El burro de Sancho y el gato de Schrödinger. Un paseo al trote por cien años de física cuántica y su inesperada relación con la conciencia, 1ª reimp., Paidós, México.

Hewstone, M. (1992) La atribución causal. Del proceso cognitivo a las creencias colectivas, Paidós, España.

Losee, J., (2000) Introducción histórica a la filosofía de la ciencia, Alianza Universidad, 7ª reimp., España.

Maturana, H. y Varela, F., (2003) El árbol del conocimiento. Las bases biológicas del entendimiento humano, Lumen- Editorial Universitaria, Argentina.


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